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El uso de las plantas como remedio curativo tiene un pasado milenario. Los datos más antiguos proceden de los pueblos asiáticos, pero sin duda todas las civilizaciones han hecho en mayor o menor medida aportaciones.

En México desde la época prehispánica hay gran tradición herbolaria, la cual se fortaleció con los conocimientos médicos que trajeron los españoles. En aquel entonces, se relacionaba también con la religión y la magia lo que propició un estudio profundo de sus cualidades para poderlas identificar, generando nuevos conocimientos y sentando las bases de un uso que se extendería sustentado además, en la gran riqueza natural de nuestro país.

Actualmente, la práctica de la herbolaria sigue viva, especialmente en ciertos sectores de la población muy arraigados a las tradiciones. También con las nuevas tendencias de hábitos de vida saludables mucha gente está girando la mirada a lo natural, lo que vuelve a posicionar esta valiosa costumbre.

En lo personal, no cuestiono la riqueza de la herbolaria, pero más allá de lo curativo me llama la atención su manera de enriquecer lo cotidiano. Por ejemplo, "las friegas" y los "chiqueadores" en el día a día nos dan mucho más que inolvidables estampas, nos dan rituales mexicanos.

Y ¿qué es una friega? Una friega es un remedio curativo que consiste en restregar alguna parte del cuerpo con las manos para aplicar un ungüento, bálsamo o medicamento. La idea es masajear varias veces sobre la misma parte para producir calor, propiciar la absorción de la sustancia y generar alivio. Hay quienes las hacen en su caso con un paño o cepillo pero no es lo más común.

En México, a pesar de que su uso se ha ido perdiendo en las nuevas generaciones, las friegas de alcohol combinado con alguna hierba curativa son de gran tradición y el herbolario pone a disposición lo necesario.

En un frasco de cristal se mete la hierba seleccionada ya sea fresca o seca (se recomienda que sean frescas para mejores resultados) y se cubre completamente con alcohol. El frasco cerrado se deja reposar. Los tiempos varían mucho, hay quienes dejan el frasco al sereno (a la intemperie de la noche) únicamente unas horas y quienes prefieren dejarlo macerar durante quince días o más en un lugar cerrado (agitándolo diariamente). Una vez pasado este tiempo la preparación queda lista para la friega.

En México, este ritual de curación, más que alivio lleva una gran cantidad de amor... nadie puede no agradecerle a una madre, una abuela o una tía "una buena friega". Y si esto no es suficiente... nos quedan los chiqueadores.

Los chiqueadores -cuya palabra viene de "chiquear" que significa mimar, acariciar con exceso o consentir- son un antiguo remedio casero para curar el dolor de cabeza. El chiqueador consiste en ponerse en las sienes alguna hoja de una planta curativa, una pequeña corteza de papa o un pedacito de papel untado con algún remedio casero. En el México antiguo había chiqueadores de carey que incluso llegaron a usarse como adorno (queda muestra de ello en algunas pinturas de la época).

En el caso de las hojas, se pueden cortar un poco para que gracias a la humedad de la parte interior se puedan pegar, la cáscara de papa se adhiere fácilmente por su parte carnosa y, en cuanto al papel y al carey es más fácil porque el ungüento sirve de pegamento; aunque debo confesarles que he visto -y no pocas veces- el uso de saliva como solución práctica para sostenerlos.

En resumen, sea cual sea el  "chiqueador" o "la friega" que nos toque, curen en mayor o menor medida, es un hecho que nuestras tradiciones mexicanas guardan sabiduría, historia y mucho  corazón. Un consejo, estas muestras de amor son más recomendables bajo supervisión de un terapeuta o experto. ©

©Ana Luisa Reed Casas. México. 2015